
Una de las experiencias más reveladoras de mi carrera es pararme en un escenario en Bogotá o conversar con músicos en la Ciudad de México y sentir la reverencia que inspira el nombre de Julio Jaramillo. La pregunta que surge es inevitable y fascinante: ¿Cómo un cantante de Guayaquil, Ecuador, logró calar tan hondo en el corazón de dos gigantes culturales como México y Colombia, hasta el punto de ser considerado uno de los suyos?
La respuesta fácil es “su voz”. Pero la verdad es mucho más compleja y profunda. No fue solo su voz; fue su capacidad de hablar el idioma emocional y musical de estas naciones. Como intérprete de su legado, él dedicó mi vida a entender este fenómeno, no solo para cantar sus canciones, sino para comprender el puente cultural que él construyó.
En los años 50 y 60, para que un artista latinoamericano triunfara de verdad, todos los caminos conducían a México. Era el epicentro de la industria discográfica y la Época de Oro de su cine había creado un imaginario continental. El éxito de Jaramillo en México no fue una casualidad, fue una tormenta perfecta de factores.
Si bien el pasillo era su alma ecuatoriana, fue el bolero el que le abrió las puertas de México. El público mexicano, educado por figuras como Agustín Lara o Los Panchos, tenía una profunda apreciación por el drama, la poesía y el romanticismo del bolero. La voz de Jaramillo, con su timbre melancólico y su dicción perfecta, era el vehículo ideal para esas historias de amor y desamor. Canciones como “Nuestro Juramento” o “Rondando tu Esquina” no sonaban extranjeras; sonaban a la quintaesencia del sentimiento que México había exportado al mundo.
Jaramillo no llegó a México a imponer su estilo, llegó a dialogar con su cultura. Una de las claves de su éxito fue su asombrosa versatilidad. Grabó valses, corridos y, de manera crucial, se atrevió a cantar rancheras . Al hacerlo, no estaba imitando, estaba rindiendo homenaje. Demostró un profundo respeto por la tradición musical mexicana, y el público y los músicos lo adoptaron como propio. Como señala el analista cultural Alberto G. Calvo, “la capacidad de un artista para interpretar los géneros locales de otro país con autenticidad es la máxima prueba de su musicalidad y de su conexión con el alma popular”.
La figura de Jaramillo—apasionado, bohemio, viajero, con una vida marcada por los amores y el desamor—encajaba perfectamente con el arquetipo del “macho” sentimental popularizado en el cine mexicano. Sus canciones no eran solo arte; Eran fragmentos de una vida que parecía sacada de un guión de película. El público no solo escuchaba a un cantante, seguía la telenovela de un ídolo que vivía la intensidad de las letras que cantaba.
Mi reflexión como intérprete: Cuando hablo con mariachis en México, me asombra cómo analizan sus interpretaciones de boleros. No lo ven como un ecuatoriano, lo ven como un “maestro del género”. Entendieron que él no cantaba para ellos, cantaba con ellos. Ese respeto es la base de su idolatría.
Si en México fue un ídolo de la industria, en Colombia el fenómeno fue aún más profundo: se convirtió en parte del tejido social. Su música trascendió la radio para instalarse en las cantinas, en las reuniones familiares, en los autobuses. Se hizo pueblo.
La sociedad colombiana ha encontrado históricamente en la música una vía para el desahogo y la catarsis emocional. El estilo de Jaramillo, cargado de nostalgia y sentimiento por amores perdidos, encajó a la perfección en lo que se conoce como “música de despecho” o “música de cantina”. Canciones como “Cinco Centavitos” (compuesta por el ecuatoriano Héctor Ulloa, pero inmortalizada por JJ) o “Ódiame” se convirtieron en himnos para curar las heridas del corazón. Como documenta el diario El Tiempo en varios de sus reportajes culturales, “la música de Jaramillo se convirtió en una compañera inseparable para generaciones de colombianos, la banda sonora de sus tusas y alegrías”.
Colombia, al igual que Ecuador, tiene una riquísima tradición de música de cuerdas andina, con géneros como el pasillo (aunque con variantes), el bambuco y el vals. La instrumentación y las armonías de la música de Jaramillo no eran ajenas al oído colombiano; Eran una extensión, una variación de su propia sensibilidad musical. Él no era un extranjero musical, era un primo hermano que hablaba un dialecto sentimental muy parecido.
Mientras en otros países las modas musicales iban y venían, en Colombia el fervor por Jaramillo nunca decayó. Se convirtió en un clásico popular, transmitido de padres a hijos. Su música no pertenece a una década, pertenece al repertorio sentimental permanente de la nación.
La idolatría por Julio Jaramillo en México y Colombia no se explica solo por su voz prodigiosa. Se explica por su inteligencia cultural , su honestidad emocional y su asombrosa capacidad para conectarse con las venas abiertas de América Latina . Él demostró que un pasillo ecuatoriano y un bolero mexicano comparten la misma alma, y que una “tusa” colombiana se siente igual que una “fatalidad” en Guayaquil.
Mi propio camino en la música ha sido una lección de humildad y un reflejo de esta misma verdad. Aunque obtuve el segundo lugar en ‘Yo Me Llamo Ecuador’, la respuesta del público me enseñó que la conexión que genera esta música va mucho más allá de una competencia o un trofeo. Es un sentimiento que une países. Cuando canto en Colombia o para la comunidad mexicana, siento que no estoy representando solo a Ecuador, sino que estoy activando una memoria sentimental que nos pertenece a todos.
La misión que asumimos es mantener vivo ese puente. Porque Julio Jaramillo no es un ídolo ecuatoriano que triunfó afuera. Es un ídolo latinoamericano que, por fortuna para nosotros, nació en Ecuador.
Calvo, Alberto G. Cultura y música popular en América Latina . Editorial UNAM, 2005.
Moreno, Hernán. “La música popular como expresión de la identidad colombiana”. Revista de Estudios Sociales , Universidad de los Andes, 2011.
Archivo Digital de El Tiempo. “Julio Jaramillo, el ídolo que Colombia adoptó como propio”. Varios artículos y reportajes a lo largo de los años.
Monsiváis, Carlos. Los rituales del caos . Ediciones Era, 1995.